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Patrimonio Carmelitano

Este espacio recopila diferentes aconteceres que hicieron rico el pasado de nuestra ciudad desde hace más de 185 años. Gracias al aporte desinteresado del Sr. Eraldo Bouvier, quien colaboró con información de los folletos "Patrimonio de Carmelo y su región", se brindará información semanal sobre las anécdotas que hicieron de Carmelo, la ciudad fundada por Artigas, lo que es hoy día.

EL DÍA DEL TORNADO

Todos los carmelitanos nacidos antes del 21 de noviembre de 1985, aunque fuesen niños, saben, si se les pregunta, que estaban haciendo “el día del Tornado”.
Un día caluroso y “pesado” como tantos en un mes de noviembre, se presentaba ese jueves, pero nada hacía presagiar la tragedia que se preparaba.
Poco antes de las 2 de la tarde, una gran franja oscura se levantaba desde el sur. Muchos pensaron que sería sólo una tormenta de verano con viento. Pero los testigos “privilegiados” de la Draga DHD 11 que estaban trabajando en el canal y los operarios que estaban en las alturas de lo que entonces era la antena de una Radio de FM, vieron que lo que se avecinaba no tenía comparación con las típicas tormentas que los pronósticos mencionan como “desmejorando por el sur - oeste”.
En pocos minutos, quienes estaban en las cercanías del puerto de Carmelo, veían que los trabajadores en la torre no se bajaban con el ritmo de siempre, parecía que se descolgaban. Los tripulantes de la Draga, mientras tanto, miraban horrorizados, como un cono invertido gris oscuro, se transformaba en una gigantesca máquina podadora, que penetrando por Punta de Piedras talaba todo el monte, haciendo volar por los aires a los grandes árboles del lugar.
Mientras tanto, los vecinos de las calles centrales, grabarían en sus memorias, algo más que el presagio de un fuerte viento, una sensación extraña con el parecido a la impotencia que se siente ante lo desconocido.
“Mirá los papelitos como vuelan”...una expresión de niño que se generalizó por unos segundos en todos aquellos que comenzaban a buscar protección de diversos modos; porque esa calma no era normal, mientras el cielo comenzaba a moverse de una forma tan extraña como amenazante...y los papelitos dejaron de serlo, para transformarse en objetos y sobre todo chapas metálicas que alcanzaban grandes alturas, llegando al espectáculo dantesco, cuando estallaron los grandes galpones de la vieja Barraca de don Fernando Iribarren.
Ese cono que rotaba a una increíble velocidad, como un gran trompo, tomó por las calles céntricas del Carmelo urbano, como trazando una diagonal, desde Zorrila y Constituyente hasta 19 de abril y Av. Artigas...y luego el asombro, una sensación de inseguridad mezclada con la preocupación de los que no estaban con sus familias. Chapas dispersas por doquier, árboles tronchados, cables esparcidos en las calles, techos volados, y lo peor: la pérdida de dos vidas y veinticinco heridos, algunos de ellos en grave estado.
Luego, la espontánea solidaridad, entre una llovizna que nublaba el paisaje y los sentimientos. Tratar de hacer algo sin saber por donde empezar, y los comentarios: “a una señora el viento la sacó por la vidriera de un comercio”, “cayó un salón de la Escuela 92 pero no había niños porque no había suplente para la maestra con licencia”... y finalmente la sicosis.
Dos días después, continuaban trabajando funcionarios y voluntarios tratando de poner las cosas en orden y olvidar el momento. Chapas amontonadas y escombros.
El cielo continuó oscureciéndose de a ratos, y no fueron pocos los que sintieron una presión en el pecho, esperando que todo volviera a repetirse.
Desde ese día, los carmelitanos nos hicimos grandes observadores de los cielos con nubes negras.

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